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martes, julio 21, 2009

Las Apariencias Engañan


La leyenda cuenta por muchos sitios por Internet, la anécdota de una sencilla y joven pareja que llegaron por tren a Boston para entrevistarse con el Presidente de la Universidad de Harvard…
No habian solicitado una cita previamente, por lo tanto las pretensiones de la pareja parecian algo impertinentes en el juicio de la secretaria del Presidente de Harvard.
Ella no oculto su desagrado por la situación de la poco elegante pareja de campesinos queriendo una entrevista…

==’Deseamos ver al Presidente’, solicito cortésmente el hombre….

==’El estara ocupado todo el dia’, le espeto con fastidio la secretaria

=='Esperaremos' replicó la mujer.

Por horas la secretaria los ignoró, esperando que la pareja finalmente se desanimara y se fuera. Ellos no lo hicieron, y la secretaria vio aumentar su frustración y finalmente decidió interrumpir al presidente, aunque era una tarea que ella siempre esquivaba.

=='Tal vez si usted conversa con ellos por unos minutos, se irán' le dijo.
El presidente hizo una mueca de desagrado y asintió. Alguien de su importancia obviamente no tenía el tiempo para ocuparse de ellos, y él detestaba los vestidos de algodón barato y los raídos trajes en la oficina de su secretaria.
El presidente, con el ceño adusto y con dignidad, se dirigió con paso arrogante hacia la pareja. La mujer le dijo
=='Tuvimos un hijo que asistió a Harvard por sólo un año. Él amaba a Harvard. Era feliz aquí.
Pero hará un año, murió en un accidente. Mi esposo y yo deseamos levantar un memorial para él, en alguna parte del campus'.

El presidente no parecio interesarse. estaba como en shock.
=='Señora', le dijo ásperamente, 'no podemos poner una estatua para cada persona que asista a Harvard y fallezca. Si lo hiciéramos, este lugar parecería un cementerio.'

=='Oh no', replicó la mujer rápidamente. 'No deseamos erigir una estatua. Pensamos que nos gustaría donar un edificio a Harvard'

El presidente entornó sus ojos. Echó una mirada al vestido de algodón barato y al traje raído, y entonces exclamó:

=='Un edificio! ¿Tienen alguna remota idea de cuanto cuesta un edificio? Hemos gastado más de siete millones y medio de dólares en los edificios aquí en Harvard!'

Por un momento la mujer quedó en silencio. El presidente estaba feliz. Tal vez se podría deshacer de ellos ahora.

La mujer se volvió a su esposo y dijo suavemente

=='¿eso es todo lo que cuesta iniciar una universidad? ¿Por qué no iniciamos la nuestra?'

Su esposo asintió. El rostro del presidente se oscureció en confusión y desconcierto.

El Sr. Leland Stanford y su esposa se pararon y se fueron, viajando a Palo Alto, California, donde establecieron la universidad que lleva su nombre, la Universidad Stanford, en memoria de un hijo del que Harvard no se interesó.
La universidad 'Leland Stanford Junior' fue inaugurada en 1891, en Palo Alto. 'Junior' porque era en honor al fallecido hijo del rico terrateniente.

Ése fue su 'memorial'. Hoy en día la universidad de Stanford es la número uno del mundo, por arriba de Harvard.

Podemos fácilmente juzgar el carácter de las personas por la forma en que tratan a quienes piensan que no pueden hacer nada por ellos.

miércoles, agosto 27, 2008

La Avaricia, uno de los 7 pecados capitales

Avaricia
Antonio Gálvez Ronceros (1932), profesor principal de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, es natural de Chincha, pueblo de ambiente rural del Sur Chico de la costa peruana.

En 1974 obtuvo los premios primero y segundo de cuento en el concurso José María Arguedas organizado por la Asociación Universitaria Nisei del Perú; y en 1982, el primer premio de cuento y el segundo de periodismo en certámenes organizados por la Municipalidad de Lima.
(Fuente: http://www.librosperuanos.com/)

AVARO
Yendo en el atardecer por la zona más sombría de una plazuela, un ladrón joven y en extremo supersticioso se dio de súbito con un mendigo de inconcebibles andrajos que lo miraba entristecido desde un rostro arruinado por la vejez y el sufrimiento. Tomando el encuentro como la revelación de que una desgarrada pobreza lo aguardaba al término de su juventud, el ladrón se sintió tan turbado que en su desesperación por conjurar esa desdicha le dio al mendigo una de las antiguas monedas de oro que hacía unos días había robado en casa de un coleccionista con fama de extravagante. El mendigo sólo vio el oro y se inundó de un incitante ardor que fue a aplacar deprisa en una miserable taberna. Pero el coleccionistas, que se hallaba ahí disfrazado de menesteroso, soportando con fingido deleite el horror de la taberna y el atroz fogonazo de una copa, reconoció la moneda, hizo prender al mendigo y durante cinco años el inocente tuvo que soportar de sus carceleros la palabra ladrón.
Apostado con la mano extendida en la primera plazuela que encontró una mañana a su salida de la cárcel, el mendigo sintió y vio que alguien le deslizó una de las monedas de oro que se hallaban en circulación y de la que sólo se percató del oro y que por ser de oro soltó al instante como si fuera una brasa, mientras le gritaba a su ocasional benefactor ¡ladrón!, ¡ladrón!, ¡ladrón! ... Los gritos convocaron a los transeúntes y a una pareja de gendarmes. Pero como se trataba de un benefactor honrado, el mendigo expió su difamante lengua con cincuenta días de cárcel.
Los aires de libertad condujeron esta vez al mendigo a una plazuela diferente, pues sospechaba que aquellas otras dos lo esperaban con una nueva emboscada. Y a pesar de que su permanencia ahora en esta plazuela eran ya horas que transcurrían vacías hasta del más insignificante níquel, dudó cuando la caridad vino a ponerle en la palma de la mano una de las usuales monedas de oro, de la que otra vez sólo se percató del oro. "Si esta moneda fuera robada y yo intentara comprar algo con ella -pensó-, me creerían el ladrón y perdería mi libertad. Si la rechazo y quien me la ha dado es persona honrada, tal vez por muy amable que sea mi rechazo ella se sienta ofendida y yo pague la ofensa con la cárcel. Está visto, pues, que si quiero conservar mi libertad, debo recibir cuantas monedas de oro me ofrezcan sin que yo siquiera intente disfrutar de su poder".
Durante los últimos diez años de su existencia, mientras se arrastraba como un lisiado por las escalinatas de los templos estirando la mano trémula, estuvo recibiendo innumerables monedas del odioso color, que luego arrojaba entre gruñidos y escupitajos en los rincones de su cuartucho. Un día algunos de sus vecinos repararon en que no se la había visto en los últimos cinco días y, preocupados, derribaron su puerta. Lo encontraron muerto. Estaba tendido en un estrecho espacio central del suelo, espacio a punto de ser inundado por cerros de monedas de oro que parecían avanzar desde las paredes.
El pueblo entero, asombrado, otorgó a la memoria del mendigo la triste, despreciable e irrisoria fama de avaro.